Hay momentos, en los que ves todo distorsionado. No reconoces nada, no sabes lo que tienes, que hacer, ni a donde ir, ni mucho menos con quien... Y nos equivocamos, escogemos la opción incorrecta. Corremos, huimos, no pensamos, solamente sentimos el viento rodeándonos. Y comienza a llover, pero seguimos corriendo, no queremos parar. Parar significaría aceptar el presente... Y preferimos correr, escapar de la situación. Aquel 21 de agosto salí corriendo, lloraba, y salí corriendo del hospital, no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién... Y me equivoqué, escogí irme sola a casa, conmigo misma, con mi dolor. Y corrí llorando, sentía las diversas miradas de la gente. LLegué a casa, me puse frente al espejo, y repetí una y otra vez que todo iba a salir bien, pero no, no me convencí, y seguí llorando mientras lo repetía, y me senté en el suelo, no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién. Veía todo tan confuso... Aquello no podía pasarme a mí, pero sí, me estaba pasando, y no lo creía justo. Pero, desde cuando es justa la vida. Qué disgusto, aquella llamada mientras comíamos... Desde entonces los calamares no me sientan bien. Subimos corriendo, nos costó dos minutos, y te vimos sentado en esos sillones con la cabeza al frente, con tu bata y las manos apoyadas en las piernas. Sabía lo que pasaba, pero mi cabeza lo negaba una y otra vez. Te pusiste lloroso, y lo dijiste al cabo de cinco minutos preguntandote. Te teníamos agarrado por ambos lados, los tres, sentados... Y cuando lo dijiste... A las dos se nos vino el mundo encima. No aguanté, no podía aguantarlo, fue la única vez que me viste llorar, desde entonces, no viste otra cosa que no fuera una sonrisa. Y fue en ese momento cuando me despedí, y tan pronto como llegué a las escaleras eché a correr, llorando, no podía pensar... Y así seguí, sin saber qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién...
jueves, 2 de julio de 2009
Palabras, no eran solo palabras...
Hay momentos, en los que ves todo distorsionado. No reconoces nada, no sabes lo que tienes, que hacer, ni a donde ir, ni mucho menos con quien... Y nos equivocamos, escogemos la opción incorrecta. Corremos, huimos, no pensamos, solamente sentimos el viento rodeándonos. Y comienza a llover, pero seguimos corriendo, no queremos parar. Parar significaría aceptar el presente... Y preferimos correr, escapar de la situación. Aquel 21 de agosto salí corriendo, lloraba, y salí corriendo del hospital, no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién... Y me equivoqué, escogí irme sola a casa, conmigo misma, con mi dolor. Y corrí llorando, sentía las diversas miradas de la gente. LLegué a casa, me puse frente al espejo, y repetí una y otra vez que todo iba a salir bien, pero no, no me convencí, y seguí llorando mientras lo repetía, y me senté en el suelo, no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién. Veía todo tan confuso... Aquello no podía pasarme a mí, pero sí, me estaba pasando, y no lo creía justo. Pero, desde cuando es justa la vida. Qué disgusto, aquella llamada mientras comíamos... Desde entonces los calamares no me sientan bien. Subimos corriendo, nos costó dos minutos, y te vimos sentado en esos sillones con la cabeza al frente, con tu bata y las manos apoyadas en las piernas. Sabía lo que pasaba, pero mi cabeza lo negaba una y otra vez. Te pusiste lloroso, y lo dijiste al cabo de cinco minutos preguntandote. Te teníamos agarrado por ambos lados, los tres, sentados... Y cuando lo dijiste... A las dos se nos vino el mundo encima. No aguanté, no podía aguantarlo, fue la única vez que me viste llorar, desde entonces, no viste otra cosa que no fuera una sonrisa. Y fue en ese momento cuando me despedí, y tan pronto como llegué a las escaleras eché a correr, llorando, no podía pensar... Y así seguí, sin saber qué hacer, ni a dónde ir, ni con quién...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario