
Nunca me gustó terminarme el café, odio los posos, ese sabor tan amargo que queda en la boca. Me recuerdan a los "malos" finales, cualquiera diría que no merece la pena beber algo que terminará sabiendo mal, pero sin embargo, yo no opino lo mismo. Hay veces que por muy mal final que tenga una historia, sí está bien recordarla de vez en cuando. Con el tiempo vamos olvidando poco a poco los malos momentos, parece que se guarden en un rincón del corazón, escondidos, acumulando una capa de polvo que los oculta a la razón. Y así terminamos recordando las sonrisas, las estupideces que nos alegraban aquellos bonitos días, los momentos mágicos vividos. Y entonces es cuando nos damos cuenta que las malas palabras, los rencores no valen la pena. Lo mejor siempre está en la esencia, en lo que realmente somos, en lo que de verdad es la vida, sí, pero qué es, qué es para tí, porque para mí es un sinfín de cosas, de momentos, de personas, de lugares, de sentimientos. Y todo todo todo lo que más nos ha importado y ha pasado por ella es imposible que sea olvidado. Y es curioso como un año puede resumirse en un par de cosas, en un par de frases, a mí me ha pasado, echar la vista atrás y decir, me acuerdo aquel día previo al examen de evaluación de lengua que andaba....pero no recordar nada de aquel examen, ni tan siquiera si salió bien o mal. Y si hay algo del pasado que no te hace sonreir, pásalo de largo, olvida que eso ocurrió, echa la vista más para atrás, rebusca y verás como es impresionante el paso del tiempo. No solo las obras literarias tienen tiempo externo y tiempo interno. El nuestro, nuestro tiempo "interno" es tan distinto al de fuera... por más que tacho los días en mi calendario me da la sensación de que no vamos al mismo ritmo. Y así paso los días, tachando el calendario, pero, ¿para qué? ¿Tanto importa el día y la hora que sea? Ojalá pudiéramos vivir en un mundo sin relojes, desde luego, seríamos mucho más libres. Ojalá pudiéramos dejar de ser esclavos del tiempo...