
A menudo nos damos cuenta que lo que tenemos no es lo que queremos. Que nos faltan cosas. ¿Para qué? ¿Para ser felices? En teoría deberíamos aprender a ser felices con lo que tenemos. Se supone que eso es ser una persona madura. Pero... la realidad es otra totalmente diferente. Por más que queramos ser felices, nunca lo somos. Tenemos la necesidad de buscar siempre algo que nos falte. Sea cual sea nuestra situación siempre habrá algo que podamos decir que no tenemos y que necesitamos. Por naturaleza. Tendemos a ponernos metas, a conseguir algo, con frecuencia, "cosas". Y con esas metas vamos trazando poco a poco nuestro camino, el cual supuestamente debe llevarnos a la felicidad. Pero conforme va pasando el tiempo nos damos cuenta, que es ese camino el que nos hace felices. Probablemente, si nos ponemos a buscar, encontremos un sin fin de recuerdos de momentos y personas que nos han ido haciendo felices poco a poco. También tendemos a olvidar los pequeños enfados, etc, del día a día que hacen que muchas veces no disfrutemos de esa felicidad momentánea. ¿Y qué es lo que nos queda? Lo que nos queda son todos esos recuerdos que permanecen en nuestras cabezas, esos pequeños instantes de felicidad, que conforme vamos uniendo nos hacen felices en el presente. Así es, por mucho que digamos que hay que vivir el presente y no del pasado, de vez en cuando rememorar tiempos pasados no viene mal. Y solamente cuando seamos capaces de mirar atrás sin sentir desdicha, odio, temor...podremos decir que hemos afrontado aquello que nos ha ido sucediendo. Solo cuando consigamos retroceder en el tiempo y sonreir, independientemente de si el recuerdo sea bueno o malo, estaremos preparados para hacer frente a lo que pueda venirnos. Y es que dicen que no hay camino para la felicidad, sino que la felicidad es el camino.