domingo, 7 de febrero de 2010

You okey?

Me gustaría dejar de mirarme el ombligo por un rato. A veces estamos tan estupidamente obcecados con nuestros probemillas que se nos olvida mirar alrededor.
Siempre pensé que mi respuesta ante una desgracia sería muy débil. Básicamente que dejaría de comer, de salir, de moverme. Siempre pensé que el dolor debía ser tan fuerte que no podría pensar en otra cosa. Cuando le pasó a un chico de mi clase, vino al colegio al día siguiente. No podía creerlo, me preguntaba cómo podía hacerlo, pensé que yo me quedaría encerrada en casa durante semanas, sin dejar de llorar. Pues apenas un año después me pasó a mí. Y entonces entendí por qué venía al colegio. Por más que quieras tumbarte a esperar despertar, en el fondo sabes que no va a ser nada productivo.
Es impresionante la forma en la que creamos lazos y dependencias. Nunca imaginé que alguien podía llegar a depender de mí, hasta el punto de no olvidarme. Y es curioso como lo que a uno le pasa, repercute en los dependientes. Nunca antes había pensado en ello. Lo que hice estaba marcado por las circunstancias, tanto antes como después. Antes sentía que tenía un dictador en casa. Y después, aunque desease volver a tener al dictador, me sentí libre. Libre para no tener que dar explicaciones si alguien me veía por la calle con un chico. Libre para no tener cargos de conciencia. Y resulta que los cargos de conciencia los he tenido de todas formas. Cómo es posible que contra lo que siempre me he revelado, y por lo que he discutido, ahora no sea capaz de hacerlo.
Nunca somos libres. Cada uno tiene la historia de su vida. Pero no somos libres. Sí lo somos para elegir, pero quien tenga conciencia, no es libre, aunque hay quien dice que precisamente la conciencia es lo que hace libre al ser humano. Pues para mí no. Si la conciencia me hiciera libre, estaría más perdida de lo que ya estoy.

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